1952-1989, Barcelona.
Introducción
Francisco González Ledesma (Barcelona, 1927-2015) nació en una familia muy humilde del barrio barcelonés del Poble Sec pero pudo estudiar derecho y periodismo, y ejerció ambas profesiones a lo largo de su trayectoria; no obstante, la escritura permeó toda su vida y le acabó otorgando un reconocimiento profesional significativo1. Después de una infancia y adolescencia creando historias, en 1948 ―con veintiún años― Francisco González Ledesma recibió el Premio Internacional de Novela Plaza & Janés por su novela Sombras viejas. Sin embargo, la censura franquista impidió su publicación y vetó al autor de seguir escribiendo con su propio nombre2.
De este modo, para ganarse la vida, el joven Ledesma se dedicó a componer historias populares que publicaba bajo diferentes pseudónimos en la editorial Bruguera, abarcando múltiples géneros como la novela policiaca, la novela del Oeste, la novela rosa, la ciencia ficción, el espionaje, la novela de aventuras o la de terror. El pseudónimo con el que logró un mayor éxito en esta etapa de literatura de subsistencia fue Silver Kane, que sobresalió especialmente en el Western y en el género policiaco.
Con la llegada de la democracia, González Ledesma cambió la orientación de su literatura, separándose de la narrativa popular imperante.Recuperó públicamente su identidad y reorientó su literatura hacia un nuevo tipo de novelas que conllevaban un mayor cuidado del tratamiento temático y formal de los textos y se asimilaban mejor con el formato de la literatura convencional. Aunque en esta etapa también tocó otros géneros, su predilección se encaminó hacia la novela negra y compuso una de las series emblemáticas de este género en España: la Serie Méndez. Este trabajo se va a centrar en la transformación de la producción de González Ledesma en vínculo con las circunstancias históricas, sociales y culturales; reparando en el condicionamiento que estas ejercían sobre su obra. De este modo, se revisarán desde sus primeras publicaciones durante el franquismo hasta sus trabajos de los años ochenta ―abarcando hasta la cuarta entrega de la Serie Méndez, del año 1986―.
De los bolsilibros a las novelas convencionales
La primera etapa de la escritura de Ledesma se desarrolló durante la dictadura franquista, un contexto clave para entender su literatura. En primer lugar, cabe referirse a la censura, que controló y limitó toda la distribución artística en ese periodo histórico. Esto fue decisivo para nuestro autor puesto que cambió el rumbo de sus escritos: su primera novela premiada en 1948 fue prohibida por este organismo censor y su nombre se incluyó en la lista negra de los creadores. Tomando las palabras de González Ledesma:
El funcionario que leyó mi expediente dijo que yo era un rojo, un pornógrafo (un protagonista le tocaba una pierna a su novia), y que sería mejor que me dedicara a otra cosa. El funcionario decretó: «No publicará usted mientras el Caudillo viva»3.
Aunque el escritor intentó impugnar la resolución, no obtuvo éxito; por lo que toda su obra posterior, hasta 1975, se formó en el ámbito de la literatura popular enmascarada bajo diversos pseudónimos.
La censura supuso una práctica generalizada de autocensura que hizo que los creadores evitaran determinados temas o que los expresaran de forma indirecta. De este modo, así como la acción, la aventura y el amor tenían un trato prioritario, se excluían de forma deliberada temáticas políticas o de compromiso social y el sexo4, salvo que se abordaran de forma velada ―el lector entre líneas tuvo espacio para desarrollar su capacidad―.
Asimismo, en este contexto adverso, la literatura de evasión cobró fuerza ya que ofrecía un recurso a la sociedad de a pie para escapar de su cotidianeidad:
Para una población con un nivel cultural bajo, con unos medios de evasión tan escasos ―la radio, el fútbol y poco más― y con unas condiciones de vida tan arduas, la novela popular fue casi la única vía de evasión de una realidad poco grata. Por eso tuvo la relevancia que tuvo, y por eso contribuyó de forma tan destacada a configurar el imaginario colectivo5.
Durante el franquismo, las ficciones populares se consolidaron como un eje fundamental dentro de la vida cultural española, llegando a adquirir un peso muy superior al que tuvieron en otros países en esas décadas.
En esta etapa toda la producción literaria de González Ledesma se desarrolló dentro de la editorial Bruguera. Bruguera fue una empresa catalana que, desde los años cuarenta del siglo XX, se especializó en la publicación de literatura popular y fue adquiriendo un puesto preferente en este mercado, llegando a dominar el sector no solo en España, sino también en Hispanoamérica ―hasta su desaparición a mediados de los años ochenta6―.
Una de las principales aportaciones de esta editorial fue la creación de los bolsilibros, un emblema de la literatura popular en la etapa franquista: «La editorial Bruguera fue quien recogió las características de las novelas populares de bolsillo y les dio una entidad y un espíritu, incluso un aspecto»7. A partir de los pulp norteamericanos, se conformaron estos libros «de consumo rápido y masivo» que se transportaban fácilmente gracias a su pequeño tamaño y cuya circulación se prolongaba gracias al trueque8, consiguiendo un éxito abrumador entre la población. Asimismo, estos se caracterizaban por su extensión reducida, sus portadas vistosas con títulos llamativos y los baratos materiales implicados en su elaboración. Martínez de la Hidalga ofrece la siguiente definición de «bolsilibro»:
Aquella abundante floración de novelitas de quiosco de portadas coloristas, textos elementales, papel pobre y precio mínimo que llenaron los escasos momentos de ocio de los españoles de los años 40 y 50, les transportaron a otros mundos bien distintos del gris entorno en que vivían, les ofrecieron una humilde dosis de ilusión, y crearon de paso un poderoso universo de mitos que formaron el imaginario colectivo de varias generaciones9.
Como contrapunto de la gran repercusión de este fenómeno, «los hermanos Bruguera dirigían con mano de hierro […] toda esa política»10. En la empresa se ejercía una gran presión sobre los trabajadores para que no disminuyera en ningún momento su labor creativa, en un circuito que no distaba tanto de la fabricación industrial. Con unas largas jornadas de trabajo y un ritmo de producción frenético, sin vacaciones ni descansos, los autores tenían que volcar toda su inventiva en novelitas que componían una tras otra. Además, el uso de los derechos de autor tendía a ser abusivo y los salarios no iban de la mano de las exigencias demandadas. Estas circunstancias de los autores populares confrontan directamente con la imagen del escritor «literario», aquel que posee un aura de distinción y su trabajo está más vinculado a un compromiso artístico que a la búsqueda de una rentabilidad económica, además de contar con una difusión considerablemente más reducida.
Francisco González Ledesma empezó a trabajar en Bruguera en 1947, pero no fue hasta diez años después cuando logró entrar en nómina y mejorar sus condiciones11. Aunque todo en su justa medida, pues el escritor recuerda la realidad laboral de aquella época con estas palabras:
Las jornadas eran de unas cincuenta horas a la semana, y hasta los años sesenta no hubo vacaciones ni fiestas. Se trabajaba lo mismo el día de Año Nuevo que el de Navidad por la mañana, por no mencionar el de Reyes ni el Jueves y Viernes Santos. Incluso el 18 de julio (que era fiesta de gran alborozo patriótico, por conmemorarse el Glorioso Alzamiento Nacional) teníamos que acudir al trabajo12.
De este modo, en aquel tiempo se trabajaba sin tregua, con una elevada carga horaria y sin respetar los festivos. Asimismo, el control sobre el rendimiento del personal era absoluto, como declara Ledesma: «Yo mismo, por ejemplo, antes de cobrar cada sábado, tenía que justificar en una declaración cómo había empleado el tiempo»13. Esta vigilancia abusiva se tradujo en que muchos trabajadores decidieran abandonar la empresa14.
Aunque González Ledesma también compuso guiones de tebeos, su actividad creativa se enfocó hacia la narración de novelas. Si las exigencias del trabajo eran estrictas, es preciso tener en cuenta que Ledesma lo compaginó con otras ocupaciones como los estudios de derecho, su faceta de abogado y su formación en periodismo. Así describe el escritor su labor profesional de mediados del siglo XX:
Escribía las novelas por las noches, después de la larga jornada de trabajo normal. Normalmente mi ritmo era de un folio cada quince minutos, y los compromisos de entrega, así como los modestos honorarios que se cobraban, hacían que no pudiera dedicar a cada novela más de 4-5 días, contando domingos. Los plazos de entrega del original al editor eran rigurosos y no permitían retrasos15.
Esta falta de tiempo dio lugar a anécdotas curiosas como la noche en que se cortó la luz en el barrio en que vivía el autor y a este no le quedó más remedio que seguir escribiendo en la terraza a la luz de la luna llena16. El ritmo de producción era tan alto que en documentos oficiales que guarda la familia hay registros de que el autor llegó a publicar hasta 6 novelas al mes en algunos periodos17. Décadas más tarde, en sus memorias, el autor afirmaría que este proceso supuso para él un «aprendizaje de perro», pero que le ayudó en su escritura el resto de su vida18.
Cabe destacar el papel que tuvieron los pseudónimos en toda la literatura popular del franquismo: la inmensa mayoría de los autores publicaban sus novelas bajo una falsa identidad ―Lou Carrigan, Curtis Garland, Keith Luger, entre otros―. Esto se debió a dos motivos principales: protección frente a posibles represalias políticas y por razones de estrategia comercial. En el caso de Francisco González Ledesma, el pseudónimo más exitoso fue el de Silver Kane, pero también utilizó otros como Rosa Alcázar, Fernando Robles y Taylor Nummy.
Estas editoriales populares concentraban la mayor parte de la producción cultural y la difundían a través de los quioscos. Estos ampliaron su función de venta de periódicos, revistas o golosinas hasta convertirse en los puntos centrales de venta e intercambio de bolsilibros, que se comercializaban en tiradas masivas y, con frecuencia, por medio de colecciones por entregas.
En lo que respecta a la dimensión narrativa, los bolsilibros pretendían atraer la atención del público desde el inicio con aperturas impactantes y tramas cargadas de dinamismo, suspense y giros inesperados, culminando siempre en desenlaces felices. Así pues, las editoriales como Bruguera estaban condicionadas por estas expectativas de los lectores y, en general, sus novelas evidenciaban una lectura ligera y asequible con abundantes diálogos y acción. En esta línea, las novelas del Oeste y las novelas románticas fueron las predilectas entre los lectores19.
Estas circunstancias trazaron un impacto claro en la escritura de Francisco González Ledesma, esencialmente en lo que respecta a su obra anterior a 1975. En primer lugar, aunque también deja espacio al lirismo, su estilo narrativo se caracterizó por ser ágil, directo y sorprendente; como se percibe en este fragmento de El hombre de Little Rock:
[Clive Murdock] sujetó bruscamente a uno de sus enemigos por la entrepierna, alzándolo en vilo antes de que se diera cuenta.
El alarido inhumano, angustioso, del hombre al ser proyectado sobre la hoguera, hizo estremecer la calma de la tarde […].
Un terrible gancho de izquierda, seguido de un cruzado de derecha, envió a tierra a su segundo enemigo.
El tercero sacó la pistola, pero Clive se la envió a los aires de un terrible puntapié20.
En el texto se muestra esa rapidez en la acción, en este caso presidida por la violencia, que otorga cierto carácter heroico al agente Clive Murdock.
En este periodo, los géneros que tuvieron mayor presencia en las ficciones del autor fueron el Western ―convirtiendo a Silver Kane en un emblema del engranaje de este género en el país―, la novela policiaca y la novela rosa (de amor). Por supuesto, la presencia de los elementos de carácter sexual o de crítica social o política se trataban solo de soslayo hasta la etapa final de la dictadura y fundamentalmente hasta el comienzo de la era democrática. En definitiva, toda su escritura estaba supeditada a las leyes del mercado y del régimen político imperante.
Todas estas particularidades generaban una tensión entre la vocación literaria del autor y las exigencias del contexto, que le obligaban a tomar otros caminos.
Con la llegada de la democracia y la instauración de un marco de libertades, González Ledesma pudo escribir la literatura que verdaderamente le nacía de dentro y se produjo una gran transformación en su obra que le alejó de la figura del autor popular. Ese cambio se manifestó en múltiples niveles, vinculados con los elementos comentados anteriormente y otros aspectos.
Las diferencias se hacían patentes desde el propio formato del libro, que evolucionó del bolsilibro a un patrón convencional con menor potencia visual y mayor extensión. Aunque algunos de estos últimos también se editaron en ediciones de bolsillo, estas versiones ofrecían diseños más sobrios acordes a la literatura estándar.
En el plano narrativo, las primeras publicaciones de Ledesma tras la muerte de Franco parecen indicar un alejamiento parcial de sus textos anteriores. Esto se refleja en argumentos de mayor –complejidad y en la disminución del uso de recursos vinculados a la narrativa popular que se volverán a intensificar a partir de los años noventa, desde Historia de Dios en una esquina (1991)–. Por ejemplo, mientras los bolsilibros garantizaban finales felices, las novelas posteriores de Ledesma no concluyen con el triunfo absoluto del bien, ya que algunos personajes no logran escapar de su estatus de perdedores ―La dama de Cachemira es un claro ejemplo de ello―.
Los títulos de los libros también marcan esta transición. En contraposición con los títulos llamativos de las novelas de bolsillo, en la Serie Méndez, las primeras entregas se dan a conocer con títulos neutros que a simple vista no se vincularían con la literatura popular: Expediente Barcelona (1983), Las calles de nuestros padres (1984), Crónica sentimental en rojo (1984) y La dama de Cachemira (1986). No obstante, desde 1990 volverán a aproximarse a las convenciones representativas de la narrativa del género y de la narrativa popular en general.
En términos de calidad, los bolsilibros reflejan las limitaciones propias de los breves plazos de entrega que se imponían en las editoriales populares del franquismo. Así pues, las novelas de Méndez se escribieron en unas condiciones mucho más favorables para la creación artística, sin tanta precipitación, y lograron afianzarse como «un ejemplo de construcción sólida»21 y de dominio de las estrategias discursivas.
En cuanto a la temática, en su primera etapa el escritor exploró multitud de géneros narrativos en sus textos, y puso de relieve un interés por la hibridación genérica ―como se observa destacablemente en sus novelas de terror o de ciencia ficción, que siempre incorporan una amplia mezcla temática―, marcando una singularidad frente a otros novelistas populares. En cambio, durante la democracia, Ledesma se centró mayoritariamente en el género policiaco.
Asimismo, en los libros de Méndez se representa fielmente la realidad, y en esta representación se cuestiona el orden vigente y se ejerce una notoria denuncia social ―con el compromiso propio de los escritores de su generación―. En este periodo se abordarían abiertamente temas como la pederastia ―Expediente Barcelona (1983)―, la corrupción política ―Las calles de nuestros padres (1984)―, las diferencias de clase ―Crónica sentimental en rojo (1984)― o la corrupción inmobiliaria ―La dama de Cachemira (1986)―. A modo de ejemplo, a continuación, se incluye un fragmento que aborda el alcance de la corrupción política, que llega a frenar una actuación policial:
― No haga nada, Méndez.
― ¿No? ¿Por qué?
― Arriba.
― ¿Arriba quién? ¿El Sumo Hacedor? […]
― El Ministerio. […] Nada de escándalos en estas elecciones autonómicas, nada de influir en el voto, decantar la balanza de un lado u otro. Nada de llamar a declarar a tíos que dentro de diez días van a tener inmunidad parlamentaria […].
Méndez dijo bruscamente:
― No quiero […]. Que el partido eche a este tipo.
― Ya no puede […]. Guardaremos el asunto para más adelante, se lo prometo.
― Hostia de democracia22.
Por su parte, en los personajes también se observa una clara evolución entre los dos periodos claves de la escritura del autor. A pesar de que en los bolsilibros los personajes sobrepasan los estereotipos de este tipo de narrativa ―mostrándose con mayor profundidad y humanidad―, sí responden en esencia a una entidad arquetípica; mientras que en la literatura posterior aparecen personajes más elaborados y complejos.
A modo de ejemplo, el protagonista de la Serie Méndez, el inspector Méndez desafía la figura canónica del investigador instaurada en la novela policiaca y en la novela negra y se convierte en un emblema de la obra de González Ledesma. Al igual que otros predecesores, el protagonista es un antihéroe, pero Méndez se sitúa prácticamente en el polo opuesto del personaje heroico. En su lugar, Méndez es un individuo corriente con una intuición especial que conoce a fondo la ciudad de Barcelona y su historia, y siente una gran empatía hacia los marginados de la sociedad. Además, tiene su propio sentido de la justicia23 y muchas veces actúa fuera de la legalidad, especialmente en delitos que él considera muy graves.
Los escenarios también muestran una evolución significativa. Durante el franquismo, las historias transcurren en países extranjeros, evitando cualquier referencia que pudiera ser interpretada como una crítica al régimen franquista. En la democracia, Ledesma regresa a Barcelona y le otorga un papel protagonista. La ciudad se convierte en un ente vivo que refleja las transformaciones sociales y económicas, un enfoque que también se observa en la Serie Carvalho de Vázquez Montalbán.
En el plano formal, en la etapa de los bolsilibros se va definiendo el estilo distintivo del autor, que combina un tono poético con una prosa más dinámica y contundente que mantiene con facilidad la atención del lector. A lo largo de su carrera fue madurando su lenguaje y en la Serie Méndez ya se convierte en una seña de identidad de González Ledesma al fusionar elementos coloquiales y líricos con naturalidad y efectividad, además de diálogos sólidamente construidos. Este uso particular de la lengua regularmente se sirve de la ironía para causar un efecto humorístico muy característico de la obra del escritor.
En resumidas cuentas, el contexto político y cultural de España influyó decisivamente en la producción literaria de Francisco González Ledesma y dejó como resultado dos etapas claramente diferenciadas en su trayectoria literaria.
Conclusión
En suma, las circunstancias externas son cruciales para el desarrollo de las manifestaciones culturales. En el caso de González Ledesma, se aprecia una evolución destacable en su escritura desde los inicios hasta la madurez que avanza paralela a las transformaciones políticas, sociales y culturales que vivió España en la segunda mitad del siglo XX.
Durante el franquismo, sus novelas se enmarcaron en la literatura popular y Silver Kane fue un icono del momento; sin embargo, tanto la censura como las características del mercado popular del momento y las condiciones laborales abusivas tuvieron un gran impacto a nivel textual y paratextual. Desde que comenzó la democracia, Ledesma se distanció, en cierta medida, de esta figura del autor popular para convertirse en un escritor propiamente “literario”. En esta fase, ejemplificada a la perfección a través de la Serie Méndez, se otorga más espacio a la reflexión y al valor estético, y se abordan los relatos desde una mayor profundidad y complejidad.
En definitiva, las más de seis décadas de recorrido literario de Ledesma fueron enormemente productivas y específicamente otorgaron al autor una trascendencia notable en la novela negra española, convirtiéndolo en un emblema de esta literatura.